La inteligencia artificial (IA) está transformando el paisaje creativo: cada vez más artistas dejan los pinceles tradicionales o los combinan con instrucciones de texto —prompts— para generar imágenes, vídeos y entornos digitales. Según un artículo de El País, este cambio está provocando tanto entusiasmo como controversia en el ámbito del arte.
El artista Xavier Cardona recuerda que descubrió la IA en 2019 mientras navegaba por foros en línea. Tras años trabajando en 3D, sintió que su medio se había estancado, y la comunidad de IA emergente le ofreció un nuevo camino. “Estaba embrionario, pero me obsesioné”, confiesa.
Por su parte, la creadora audiovisual Ana Esteve Reig comenzó en 2023 a usar la IA para generar secuencias de vídeo. Aunque las herramientas han mejorado, el proceso sigue siendo laborioso: “Tienes que luchar con la máquina para conseguir lo que quieres”.
La IA para ella representa “un espacio intermedio entre lo real y lo virtual”: no es totalmente 3D, pero tampoco pura realidad.
La IA permite experimentar con mundos completos en horas. La artista Elena Pérez comenta que “antes pasaba meses produciendo algo; ahora exploro 20 mundos en una tarde”. Pero los modelos no están exentos de sesgos: “Si pides una mujer, te genera un personaje blanco, sexualizado” —advierte Esteve— y ella ha aprendido a entrenar sus propios modelos con referencias personales.
Este despliegue técnico plantea preguntas profundas sobre la autoría, la creatividad y el papel del artista. El crítico Lluís Nacenta describe la IA como un “pharmakon digital”, es decir, una tecnología que puede ser tanto cura como veneno. No reemplaza al artista, pero redefine su rol.
¿Quién firma la obra generada por IA?
La pregunta de la autoría se ha vuelto central: ¿es el autor quien da el prompt, la IA que lo ejecuta o ambos? Nacenta considera que esta cuestión ya surgió en anteriores vanguardias artísticas. Según José Luis Romo, la transparencia es clave: “El público debe saber si una obra ha sido creada o asistida por IA”.
Y detrás de la visibilidad artística, hay un debate reputacional: colectivos culturales denuncian que muchos modelos han sido entrenados con obras sin permiso, lo que plantea problemas de derechos, remuneración y competencia desleal.
La IA permite al creador ampliar su repertorio, acelerar procesos y abrir caminos estéticos inéditos. Pero, como subrayan los entrevistados, el gesto humano, la mirada crítica y la edición siguen siendo fundamentales. “Un pintor no va a dejar de pintar por la IA. El placer de coger el pincel no se sustituye”, apunta Esteve.
Este momento, según Nacenta, es comparable al surgimiento del cine: tecnología emergente con la capacidad de transformar no solo los medios, sino la forma en que pensamos la creación. La IA —advierte— no es el protagonista absoluto; es la herramienta que amplía las posibilidades del creador.
EL PAÍS (11/11/2025)
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